ENFOQUE-Grupos radicales Venezuela, arma de doble filo de Chávez

miércoles 15 de agosto de 2012 16:53 CDT
 

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    Por Daniel Wallis
    CARACAS, 15 ago (Reuters) - Frente a un mural en el que
aparece Jesucristo y la Virgen María empuñando unos AK-47 en un
humilde barrio de Caracas, tres niños con camisetas rojas y
enmascarados con pañuelos sostienen rifles de asalto y agitan
copias de la Constitución de Venezuela.
    La impactante foto, publicada en internet a inicios de año
por el grupo radical "La Piedrita", desató una avalancha de
indignación que traspasó las fronteras del país sudamericano con
un reguero de alarmantes titulares como "Los niños
paramilitares" o "Los niños armados de la revolución".
    Para muchos en el exterior, esa imagen fue un fugaz primer
vistazo al interior de los "colectivos", organizaciones de
izquierda radical que se han autoproclamado guardianes del
proyecto socialista del presidente Hugo Chávez y defensores de
sus comunidades.
   
 
    A ojos de sus críticos, los colectivos no son más que
organizaciones de criminales encapuchados, tropas de choque de
la revolución bolivariana preparadas para sembrar el terror
entre los enemigos del mandatario.
    Muchos los consideran grupos anárquicos que no responden más
que al liderazgo de Chávez. 
    Su perfil se ha inflado en los últimos cuatro años con
algunas acciones controvertidas como la inauguración de una
plaza en honor al caído jefe de la guerrilla colombiana FARC
Manuel Marulanda "Tirofijo" y acusaciones de violencia contra
políticos y periodistas contrarios al Gobierno.
    Con la elección presidencial a la vuelta de la esquina, en
la oposición temen que los colectivos se tornen violentos si el
candidato Henrique Capriles desafía las encuestas y gana el 7 de
octubre, o si el mandatario se viera forzado a abandonar la
escena pública por una recaída del cáncer del que fue tratado el
último año.
    Incluso un sector de la oposición teme que, si las urnas no
lo favorecen, Chávez pueda simplemente negarse a abandonar el
poder respaldado en militares aliados, la milicia bolivariana y
este tipo de grupos, algo que él ha negado recordando una y otra
vez que ya aceptó una derrota en el referendo del 2007.
    En el céntrico barrio "23 de enero", bastión de los
colectivos en la capital venezolana, algunos de sus líderes
hablaron con Reuters y denunciaron que son víctimas permanentes
de la propaganda de la derecha.
    "Los menos interesados en una jornada de violencia o
desestabilización somos nosotros, porque tenemos el triunfo
asegurado (la reelección de Chávez)", dijo Juan Contreras,
cofundador de la Coordinadora Simón Bolívar.
    "Nosotros y muchos otros colectivos estamos armados, pero
con conciencia, armados de educación, de esperanza", agregó en
la sede del grupo, una antigua estación de policía adornada
ahora con murales revolucionarios.
    Pero esta es una elección distinta a los más de 10 procesos
comiciales que ha visto Venezuela desde que Chávez llegó al
poder en febrero de 1999.
    El jefe de Estado, quien tras haber sido operado de tumores
cancerígenos se recupera ostensiblemente de su enfermedad,
enfrenta a una oposición que por primera vez apoya sin fisuras a
un candidato unitario surgido de elecciones primarias.
    Aunque el líder bolivariano tiene una ventaja porcentual de
dos dígitos sobre su rival en la mayoría de las encuestas, los
estudios avisan que Capriles, un gobernador de 40 años que ha
estado haciendo campaña a lo largo y ancho del país atrayendo a
multitudes, todavía tiene posibilidades en las urnas.
    Ambos bandos exudan optimismo, ambos bandos instan a su
adversario a reconocer la derrota, ambos bandos ven los comicios
como una batalla decisiva por el futuro del país. 
    En este contexto tan polarizado, la mera existencia de los
colectivos pone de relieve el riesgo a disturbios y caos
callejero en una sociedad afligida por una de las mayores tasas
de asesinatos del mundo, donde proliferan las armas y reina la
impunidad.
    A pesar de su pródigo apoyo hacia el "Comandante-Presidente"
y sus políticas, los grupos más radicales, a los que muchas
veces se acusa de ser "más chavistas que Chávez", son una
pesadilla para las relaciones públicas del Gobierno.
    Ante las críticas a la foto donde aparecen los menores, La
Piedrita alegó que fue tomada durante una obra de teatro escolar
sobre los líderes guerrilleros de la historia venezolana y que
las armas eran juguetes.
    Pero eso no frenó la ira de Chávez, quien criticó duramente
al grupo y llegó a lanzar la tesis de que fue infiltrado por la
agencia de inteligencia estadounidense CIA.
    Luego de eso, las fuerzas de seguridad realizaron una redada
en el barrio intentando arrestar sin éxito al líder de "La
Piedrita".
    
    EXPERIMENTO SOCIALISTA
    El ornamentado palacio presidencial de Miraflores se ve
desde la colina del barrio donde tiene su sede La Piedrita y
cuyo nombre 23 de enero de 1958 alude a la fecha cuando el
dictador militar Marcos Pérez Jiménez huyó de Venezuela entre
extendidas revueltas y un golpe de Estado de soldados rebeldes.
    Unos bloques de apartamentos como gigantescas colmenas
humanas son el sello arquitectónico de este combativo barrio,
plagado de modestas casas de ladrillo apiladas en torno a
sinuosos callejones donde hacen vida unos 100.000 residentes.
    El "23", como se conoce popularmente a la zona en Caracas,
siente orgullo de su larga historia de activismo de izquierda y
fue uno de los principales escenarios del llamado "Caracazo" de
1989, cuando el Gobierno mandó soldados a sofocar masivos
disturbios y saqueos que siguieron a la aplicación de un duro
paquete económico, lo que dejó cientos de muertos.
    Hoy, la zona es una especie de laboratorio del proyecto
socialista que dice abanderar Chávez: abastos venden leche y
carne de productores nacionalizados a precios subsidiados,
residentes hacen trabajo voluntario limpiando calles y grupos de
jóvenes "pioneros" son moldeados a imagen y semejanza de los de
la aliada comunista Cuba, mezclando ideología con deportes.
    Los vecinos desconfían de los periodistas, a quienes asocian
con los medios privados de oposición, y muchos dicen con orgullo
que el 23 es "zona liberada", donde no patrulla la policía y en
raras ocasiones entra la Guardia Nacional.
    La seguridad de esta área de casi dos kilómetros cuadrados
en el centro de una de las ciudades más peligrosas de América
descansa casi exclusivamente en manos de estos colectivos.
Algunas patrullas que se comunican con radios hacen controles en
las vías tras caer el sol para chequear a los pasajeros.  
    Aunque hay grupos de este tipo por toda Venezuela con
cientos de miembros, los más conocidos están en el 23 de enero.
    El grupo de inteligencia International Crisis Group advirtió
en un reporte en junio que estas organizaciones podrían ser
utilizadas por los políticos para generar violencia o que
incluso podrían "tomar las calles por su propia cuenta".
    "Son grupos violentos apoyados por el Gobierno", acusó el
candidato opositor Capriles tras el escándalo de la foto. "Por
eso se sienten guapos (confiados) y se colocan al margen de la
ley, en la más absoluta impunidad", agregó.
    Un funcionario del Gobierno venezolano no respondió a una
petición de comentarios sobre el papel de los colectivos o las
denuncias de la oposición.
    Un asesor de Capriles dijo que el 23 de enero es el único
punto donde no pueden hacer mítines por problemas de seguridad.
El año pasado, alguien disparó durante una concentración en la
zona de una conocida líder opositora que hacía campaña para las
primarias.
    "La gente del barrio le dijo a nuestro equipo de avanzada:
'Ni siquiera lo piensen'", dijo el ayudante.
    Capriles puede ser impopular entre los colectivos, pero
Contreras, de la Coordinadora Simón Bolívar, niega que quieran
hacerle daño aunque tienen claras sus preferencias.
    "Él significa el pasado: el pasado de represión, el pasado
de angustia que vivió este país, la corrupción", dijo Contreras
en la antigua sede policial, coronada por dos imponentes torres
de vigilancia y con los muros cubiertos con imágenes de Bolívar,
de un luchador palestino enmascarado y del revolucionario
argentino Ernesto "Che" Guevara.
    "Para nosotros, Chávez representa educación, salud, vivienda
digna, trabajo digno y recreación", sentenció. 
    Aunque sus detractores lo ven como un dictador en ciernes,
Chávez es adorado por muchos pobres en el país petrolero que lo
ven como una respuesta a cuatro décadas de capitalismo de
"gobiernos burgueses" que enriquecieron a una pequeña elite.
    La Coordinadora, que cuenta con una clínica veterinaria, una
estación de radio, un cibercafé y una biblioteca con lecturas de
izquierda, es fuertemente ideológica pero por encima no parece
un grupo militante que pueda suponer una amenaza para la
estabilidad pública. Organiza eventos culturales y deportivos,
danza, actividades para jubilados y grupos de discusión.
    Arropado por viejas canciones de salsa que pincha un
compañero, Contreras pega el nuevo cartel electoral diseñado por
el colectivo ("La Presidencia es Nuestra ¡y (Chávez) se queda
Carajo!"), mientras cuenta cómo se radicalizó por la brutalidad
policial contra él y sus amigos durante la década de 1970,
cuando era un joven que lucía peinado afro.
    "Si tú me preguntaras a mí que hubiese querido ser yo,
quería ser el mejor jugador del fútbol del planeta. Pero las
circunstancias me llevaron aquí. No comenzamos con Chávez. Hemos
estado haciendo esto toda la vida", agregó rodeado de grandes
afiches de Chávez, del libertador Simón Bolívar y de Raúl Reyes,
fallecido líder de las FARC.
  
    AMOR ODIO
    Los colectivos dicen que ya pasaron los días cuando los
grupos más radicales se exhibían fuertemente armados y
encapuchados en fotos y videos que publicaban en internet. Pero
nadie duda de que en una ciudad como Caracas, con millones de
armas fuera de control, haya muchas pistolas en el 23 de enero.
    A pesar de que muchos de sus miembros aseguran que morirían
por Chávez, la autonomía de los grupos y su imprevisibilidad los
convierten a veces en un lastre político para el Gobierno.
    El episodio de la foto pareció colmar la paciencia de
Chávez, quien suele decir para cólera de sus adversarios que "la
revolución es pacífica pero está armada".
    "¿Son revolucionarios de verdad? Lo dudo, lo dudo", dijo
pocos días después de que La Piedrita publicara la controvertida
imagen. Aunque se tratara de un grupo de chicos del teatro, dijo
que la foto es "indefendible".
    "Algunos quieren ser más papistas que el Papa", agregó
molesto el militar retirado. "Le hacen daño a la revolución
(...) seguro que hay más de un infiltrado de la CIA en ese
grupo", denunció.
    La embajada de Estados Unidos en Venezuela no respondió
inmediatamente a peticiones de información sobre este comentario
del presidente.
    Sin embargo, el gobernante ha sido muy cuidadoso de no
condenar al barrio, una de sus fortalezas electorales y a donde
acude a sufragar cada votación a veces montado en su vistoso
Escarabajo rojo.
    "Empieza (a decir) la burguesía, que en el 23 de enero todo
el mundo anda armado y hay puras bandas violentas, lo cual es
mentira. Vaya, qué parroquia tan heroica, la parroquia 23 de
enero", dijo en un discurso televisado Chávez, quien suele
recordar sus propias raíces humildes en un empobrecido suburbio
rural y no ahorra alabanzas para los grupos activistas.
    Además, no olvida que muchos miembros de esos colectivos
estuvieron en primera línea en las marchas que ayudaron a su
restitución tras el fugaz golpe de Estado que sufrió en abril
del 2002.
    Ese episodio, en el que unas 20 personas murieron cuando
marchas pro y contra Chávez se enfrentaron en las inmediaciones
de Miraflores, ha tomado matices religiosos para algunos leales
del presidente. 
    "Nosotros salvamos a Chávez el 11 de abril", es un dicho
común en el 23 de enero.
    La actitud de los venezolanos sobre los colectivos está
profundamente dividida, como en casi todos los temas a discusión
en la nación latinoamericana.
    Algunos de los que viven en el área dicen que estos grupos,
formados en su mayor parte por jóvenes de bajos recursos, han
traído más seguridad y cultura al pueblo. Otros los pintan como
gánsteres que gobiernan apoyados en el miedo y trafican droga.
    "Tengo 60 años y puedo decir que estos muchachos han hecho
mucho por el 23 de enero. Todos cometemos errores, ok. Pero eso
que dicen algunos vecinos de que son unos malandros
(delincuentes) es falso, más bien ellos combaten a los malandros
y a los narcos", dijo un comentarista en un debate online sobre
La Piedrita.
    Otra persona que participaba de la discusión le respondió
indignada: "Esos son una cuerda de malandros. Todos fumones
(drogadictos). Vas a decir tu que ellos están haciendo un bien a
la comunidad, qué locura".
    
    "UN MONSTRUO"
    El nombre La Piedrita proviene del dicho "tener una piedrita
en el zapato", un incordio. Fundada en 1985 por Valentín
Santana, ex jefe de seguridad de la Universidad Central de
Venezuela, se estima que tiene 50 miembros "gestionando" una
zona de 3.000 vecinos.
    Aunque como muchos otros en la zona comenzó principalmente
como un grupo cultural, se volvió más militante tras la muerte
del hijo de Santana en el 2006. Él culpó a paramilitares de
extrema derecha.
    Medios locales reportaron que uno de los sospechosos fue
baleado en el metro de Caracas mientras otro fue impactado por
ocho balas, aunque sobrevivió.
    "Desde que me quitaron a mi hijo, una parte mía se convirtió
en un monstruo", confesó Santana a un periodista del diario
español El País a principios del 2009.
    Las autoridades achacan a La Piedrita ataques contra gente
que el grupo ve como enemigos de Chávez, incluyendo a empleados
de dos estaciones de televisión críticas al proyecto socialista,
así como de haber hecho amenazas de muerte a varios reporteros.
    En el 2009, el grupo admitió haber arrojado granadas de gas
en la residencia diplomática del Vaticano en Caracas después de
que el presidente acusara a la Iglesia Católica de entrometerse
en la política local.
    Poco después, las autoridades emitieron una orden de arresto
contra Santana en relación a esos ataques, pero el acusado
permanece desaparecido.
    La controversia sobre la foto puso a La Piedrita y la
libertad de su líder de nuevo en el ojo público.
    Menos de una semana después de que Chávez denunciara
públicamente que el grupo había sido infiltrado por agentes
estadounidenses, helicópteros policiales sobrevolaron el 23 de
enero y equipos de fuerzas especiales bloquearon las carreteras
del barrio antes de entrar para intentar arrestar a Santana.
    Medios locales publicaron que el jefe de La Piedrita se
dirigió a los vecinos por altavoces instalados en los tejados de
los bloques pidiendo ayuda para que acudieran en su defensa.
    Finalmente logró escapar durante la noche y horas después el
grupo emitió un comunicado poniendo a Santana como víctima de un
intento de asesinato por parte de "fuerzas
contrarrevolucionarias" en el Gobierno de Chávez.
    "(Su) único delito es la defensa integral de la REVOLUCION",
se leía en el comunicado. "RECHAZAMOS de manera categórica los
nuevos intentos de desacreditar al COLECTIVO LA PIEDRITA y a su
líder VIVA CHAVEZ! VIVA LA REVOLUCIÓN! VIVA VALENTIN SANTANA".
    Repetidos intentos de Reuters para entrevistar a Santana no
fueron exitosos.
    
    "GUERRA PSICOLÓGICA"
    La tensión que siguió a la redada duró varias semanas.
    En marzo, La Piedrita estacionó autos funerarios con dos de
sus miembros asesinados en el 23 de enero, a las puertas de la
cadena opositora Globovisión, en un acto con el que acusaban al
canal de incentivar "la guerra psicológica" y politizar la
criminalidad que cada fin de semana deja decenas de muertos.
    Desde entonces, una relativa calma ha vuelto al vecindario y
el AK-47 que empuñaba Jesucristo en el mural fue repintado como
una gran réplica de la Constitución Nacional con tapas azules.
    Relajándose en el sol en las puertas del colectivo Radio23,
con una sudadera blanca y unas anchas gafas de sol de Prada,
Glen Martínez es otra conocida figura local.
    Martínez asegura que el barrio es más seguro que otras
partes pobres de Caracas, pese a que las fuerzas de seguridad
del Estado no entran en la zona desde hace casi una década.
    "Siempre hay problemas, como en todas partes, pero aquí
podemos resolver hablando", dijo a Reuters sentado frente a un
gigantesco mural con la imagen pintada del defenestrado líder
libio Muammar Gaddafi, el rebelde mexicano subcomandante Marcos
y su eslogan "Bloque Combativo 23".
    Dos pinchadiscos de la estación de radio comparten un
cigarrillo apoyados sobre una motocicleta parada en la calle
mientras ojean una revista de pistolas.
    "Dicen que estamos armados, que somos los guardianes de
Chávez, que somos ultra-violentos, asesinos", dijo Martínez, de
41 años, con una gran sonrisa.
    "No. Es que somos el pueblo excluido, que ahora está
incluido y dignificado, pero organizado (...) Hacemos las cosas
desde una óptica más social, más Bolivariana, más igualitaria,
más humanista. Y eso les da miedo, hermano", concluyó.

 (Reporte adicional de Edwin Montilva; Traducido por Enrique
Andrés Pretel; Editado en Español por Silene Ramírez y César
Illiano)