9 de marzo de 2013 / 18:38 / en 5 años

COLUMNA-Culto a la personalidad

(John Lloyd es un columnista de Reuters y sus opiniones son personales)

Por John Lloyd

9 mar (Reuters) - La popularidad de Hugo Chávez no se limitó a Venezuela, sino que fue un fenómeno global.

El fallecido mandatario juntó a una coalición de fuerzas en una suerte de “Chávez Internacional” que buscó ser una alternativa a la hegemonía occidental. Un amalgama de aliados con una camaradería que históricamente lucía extraña -comunistas, islamistas, vestigios soviéticos, idealistas occidentales y extremistas de izquierda-, pero era políticamente poderosa. Y al final, irrelevante.

La primera alianza cercana de Chávez fue con Fidel Castro. Fue una devoción incondicional por parte del más joven de los dos socios; del lado de Fidel se trató de admiración acompañada de una astuta estimación de los beneficios que traía la lealtad de Venezuela en la era postsoviética.

Cuba recibe miles de millones de dólares en petróleo, Venezuela cuenta con miles de médicos cubanos, ingenieros y otros expertos.

Más que eso, Fidel le dio a Chávez una ideología de clase, o como escribe Francisco Toro, “una especie de moralidad cósmica que juega enfrentando al socialismo puro ‘bueno’ en una lucha a muerte sin fin contra los estragos que causa el imperialismo estadounidense ‘malo’”.

El “imperialismo estadounidense” fue el pegamento que mantuvo unido al Chávez Internacional. Lo asoció con una serie de figuras mundiales deseosas de cortejarlo por su riqueza petrolera, y encantadas de juntarse en contra de un Occidente que era o bien un enemigo activo o bien uno potencial.

Chávez visitó y proclamó en voz alta la virtud de Bashar al-Assad de Siria, del fallecido Muammar Gaddafi, del también muerto Saddam Hussein, del iraní Mahmoud Ahmadinejad, del presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, y del zimbabuense Robert Mugabe.

A muchos les dio la “Orden del Libertador”, el honor más alto en Venezuela, aunque la mayoría de ellos fue o está acusado de violar los derechos humanos, y algunos -como Saddam, Mugabe y en la actualidad y más brutalmente, Assad- han declarado la guerra a sectores de su propia población.

Cuando -raras veces- Chávez fue cuestionado porque su acogida a esas figuras era contraria a la postura de quien se veía a si mismo como un libertador, cayó en una lógica que se ha convertido en una cláusula de escape multiuso para los miembros de Chávez Internacional: que los tiranos son tiranos sólo según los “grandes medios de comunicación occidentales”.

Christopher Hitchens viajó en el 2008 por Venezuela con Chávez y con el actor y simpatizante de la revolución socialista que gobierna ese país, Sean Penn. Hitchens relató una conversación en la cual el presidente parecía no creer en la existencia de Osama bin Laden: “No sé nada de Osama Bin Laden que no haya llegado a a mí a través del filtro de Occidente y de su propaganda”, dijo Chávez.

“Hay una película con norteamericanos pisando la luna. ¿Significa eso que realmente haya ocurrido? En la película, la bandera yanqui ondea en línea recta, entonces, ¿hay viento en la Luna?”, se burló.

El Chávez Internacional tampoco ignoró, o no estaba en posición de condenar, los abusos a los derechos humanos en Venezuela. En un obituario salvajemente crítico, Human Rights Watch resume sus 14 años de presidencia como marcados “por una alarmante concentración de poder e indiferencia absoluta por las garantías básicas de derechos humanos”.

Sin embargo, Human Rights Watch, a cuyos representantes se les prohibió la entrada a Venezuela, podía ser desestimado: Chávez podía, escribe Francisco Toro, utilizar un “impensable antiamericanismo (como) excusa general para cualquier exceso de autoritarismo, estigmatizando cualquier forma de protesta y arrojando una sombra oscura sobre expresiones de descontento o de disidencia”.

Los estados latinoamericanos tienen grandes razones históricas para dudar de las intenciones de Estados Unidos con los líderes que, democráticamente o no, tomaron el poder sobre la base de un programa izquierdista.

Salvador Allende en Chile fue derrocado en un golpe de Estado consentido (aunque no montado) por Estados Unidos, y por encima de todo, como una suerte de símbolo del “Gran Satán” para el norte, Fidel Castro, que sobrevivió a intentos de asesinato y a una invasión en 1961 de parte de exiliados cubanos entrenados y respaldados por la CIA durante el Gobierno del presidente John F. Kennedy.

Chávez, ansioso por estar en el club de mártires (sin ser martirizado) alegó conspiraciones para asesinarlo y el respaldo de Estados Unidos al golpe de Estado de 2002 que lo sacó temporalmente del poder. Pero no se ha revelado ninguna prueba y el consenso periodístico y académico es que Estados Unidos hoy en día puede desaprobar, a veces verbalmente, a algunos de sus vecinos del sur y abandonarlos (incluyendo a Chávez).

En el caso de Chávez, el antinorteamericanismo era más virtual que real: a pesar de que arremetió contra Estados Unidos, Venezuela era y es dependiente de las compras estadounidenses de su petróleo.

La espiga de la riqueza petrolera significaba que podía comprar muchos amigos en el mundo, y también problemas. La mayoría de los que lo apoyaron, muchos de ellos muy pobres, se beneficiaron de sus programas sociales.

Pero Chávez realmente no cambió el mundo más allá de Venezuela. Tenía dinero, carisma y apoyo popular, pero no contaba con una ideología, si no con un odio melodramático hacia Estados Unidos.

Su muerte no será el fin de la marca que dejó en la política mundial, pero podría dar un respiro a los políticos serios de cualquier extracción, incluyendo a los que juzgan negativamente a Estados Unidos.

El poder de Estados Unidos es grande, y es probable que lo sea en el futuro. Pero está en declive y no puede seguir dominando un mundo en el que dos enormes estados, China e India, éste en menor medida, están creciendo económica y estratégicamente.

Barack Obama busca ahora monitorizar el presente y el futuro del mundo a través de coaliciones de estados, no por una única nación hegemónica occidental.

Ningún futuro presidente de Estados Unidos, cualquiera sea su partido, podrá escapar a la necesidad de su país de recortar su enorme deuda y buscar aliados en la creación de un sistema global donde los principales estados encuentren puntos de acuerdo sobre la miríada de desafíos y amenazas que enfrentamos. Ese es el verdadero objetivo de las relaciones internacionales.

Por el contrario, las posturas de Chávez eran las de un niño rico con un auto rápido sin tener a donde ir.

Chávez Internacional fue un anacronismo flotando en un lago de petróleo, envidiado por muchos, pero un mal ejemplo para aquellos que apuestan seriamente a cambiar el mundo. Si existe una política que asegure que los pobres puedan obtener mejores beneficios por la forma en la que el mundo está cambiando, deberá ser más seria que la que propuso el fallecido presidente de Venezuela.

John Lloyd es cofundador del Reuters Institute for the Study of Journalism de la Universidad de Oxford, donde es director de Periodismo. Lloyd ha escrito varios libros, incluyendo "What the Media Are Doing to Our Politics" 2004. También es editor colaborador de FT y fundador de la revista FT John Lloyd

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